Era de noche y el cielo estaba nublado. Las nubes generaban extrañas formas y a través de ellas pasaba una luz azulada que daba algo de claridad. Delante de él se veía una masa negra deforme que eran árboles y arbustos. A lo lejos solo se veía la luz de los faros de los vehículos que pasaban por una carretera. Empezó a caminar.
Iba descalzo y notaba el frío y humedad del suelo en sus pies, el aire frio le llenaba los pulmones. Aceleró el paso cada vez más hasta que empezó a correr. Se adentró en la masa negra. Los matorrales le arañaban las piernas mientras esquivaba los árboles. Se sentía ágil atravesando ramas y maleza. Daba zancadas largas para esquivar troncos caídos y aprovechaba el impulso al caer para ir un poco más rápido. Nada podía pararlo.
¡Salto! Se elevó más de dos metros en el aire y sintió su cuerpo arder. Aterrizó y mientras volteaba para amortiguar la caída empezó a cambiar. Le salió pelo por todo su cuerpo, sus manos se convirtieron en patas, sus orejas se hicieron picudas y su nariz se alargó en forma de hocico. Se había convertido en un lobo de pelaje gris, siguió corriendo. Con cuatro patas podía hacerlo más rápido aún. Avanzaba sin parar. Se sentía desinhibido forzando todos los músculos y disfrutaba haciéndolo. Saltaba hacia troncos torcidos para apoyarse y elevarse de nuevo. No era capaz de parar. Salió de la negrura de los árboles y se lanzó al vacío.
Cayó en un pequeño estanque en el que se hundió hasta casi el fondo. Volvió a sentir un calor ardiente en todo su cuerpo. Sacó la cabeza del agua y nadó hasta la orilla. Se quedó tumbado boca arriba en su forma humana. Jadeaba sin parar con una sonrisa en la boca. Estaba satisfecho y feliz.
-¿En qué piensas?
El niño se sobresaltó, tenía la cabeza apoyada en el cristal de la ventanilla del coche.
-Nada papá, estaba mirando por la ventana.
Tenía la mirada fija en la negrura del exterior.
Inclinó la cabeza para ver la cara de su padre por el retrovisor.
-¿Cuánto queda para llegar?
-Estamos a mitad de camino, en una hora estaremos en la casa de los abuelos
-Vale.
El niño volvió a apoyar la cabeza en el cristal y siguió mirando al horizonte nocturno cada vez más oscuro.
-¿Tienes ganas de ver a los abuelos?
-Si, mucho. Papá no se ve nada fuera.